Los Bridgerton, que acaba de estrenar la primera parte de su cuarta temporada en Netflix, volvió a deslumbrar a sus fanáticos. Eso, gracias a su combinación entre humor y drama histórico, en medio de una historia de amor tórrido. Pero más allá del relato entre sus atractivos protagonistas, uno de los puntos fuertes de la serie, sigue siendo usar el contexto de una época a su manera para contar su historia. Por lo que, además de mostrar un despliegue de lujo en decorados y escenarios, también reflexiona sobre la cultura y la sociedad desde una perspectiva distinta.
Claro está, la combinación no es original ni mucho menos exclusiva de la producción de Shondaland para Netflix. Lo que sí hace es seguir una tradición de dramas históricos que sorprenden por su relevancia y profundidad. De La edad dorada a la saga Downton Abbey, lo cierto es que en los últimos años, el género se ha revalorizado y convertido en uno de los más populares de la televisión.
Por curioso que parezca, ese particular punto de vista parece tener un origen claro. Y se trata de una cinta de Martin Scorsese que en 1993 causó furor y sorprendió, por combinar una historia emotiva basada en un libro brillante, con actores de primera línea. La edad de la inocencia, también disponible en Netflix, es un estudio minucioso del poder social disfrazado de cortesía y buenos modales. El director aborda la novela homónima de Edith Wharton interesándose menos por la nostalgia que por la mecánica interna de una clase alta obsesionada con la apariencia. Pero además utilizando el drama para retratar una época compleja de la historia norteamericana.
Una historia dolorosa y refinada

Para lograr contar una historia compleja tan parecida a Los Bridgerton, Martin Scorsese convierte a la Nueva York de la década de 1870 en un ecosistema de infinitas, interminables y siempre complejas reglas sociales. Es un mundo construido sobre rituales: cenas interminables, funciones de ópera, visitas formales y silencios estratégicos. El resultado es un retrato de época que no idealiza el pasado, sino que lo examina como una estructura rígida que premia la obediencia y castiga la diferencia.
En el centro de una historia semejante, se encuentra Newland Archer (Daniel Day-Lewis), abogado respetado, heredero del confort económico y emocional que garantiza pertenecer al grupo correcto. Su compromiso con May Welland (Winona Ryder) parece el paso lógico dentro de un guion social ya escrito. En especial, porque May encarna la virtud aceptable: educada, amable, observadora, siempre alineada con las expectativas de su entorno.

Tomando partes específicas del libro, Scorsese imagina este mundo con una fluidez hipnótica, subrayando cómo la elegancia también puede ser una forma de control. Cada encuadre sugiere estabilidad, pero debajo de esa superficie pulida se acumula una tensión constante e incómoda. En especial, porque cometer cualquier error, puede costar el estatus. Así que la película avanza como una ceremonia prolongada en la que nadie rompe las reglas, aunque muchos desearían hacerlo.
Ellen Olenska y el escándalo elegante

La llegada de Ellen Olenska (Michelle Pfeiffer) altera el equilibrio con la delicadeza de una grieta invisible. Recién llegada de Europa tras un matrimonio fallido con un conde autoritario, Ellen no encaja del todo en la lógica local. Su forma de vestir, de hablar y de relacionarse resulta inquietante para una sociedad que tolera el escándalo solo cuando puede domesticarlo. Aunque su linaje estadounidense facilita que se pueda mover entre la burguesía local, su independencia emocional desconcierta. Newland, por su posición profesional y familiar, asume la tarea de ayudarla a evitar un divorcio público, entendido como una amenaza colectiva más que como un problema personal.
Ese encargo marca el inicio de un conflicto íntimo que emparenta directamente con Los Bridgerton. Ellen se convierte de inmediato en obsesión amorosa para Newland, algo que terminará por arrastrar su vida perfectamente calculada y equilibrada. Daniel Day-Lewis toma al personaje y explora en su complicada psicología, analizando la forma en que el deseo puede devastar toda resistencia. Pero en especial, dotándolo de una fragilidad torpe y compungida conmovedora.

Por otro lado, Michelle Pfeiffer construye al personaje desde la contención y la inteligencia, evitando el estereotipo de la mujer fatal. Su Ellen es directa, irónica y consciente del precio de la libertad. El vínculo entre ambos se desarrolla a través de gestos mínimos: una mano ofrecida en el palco de la ópera, una sonrisa sostenida más de lo prudente, una conversación interrumpida a tiempo. Martin Scorsese convierte estos detalles en detonantes emocionales, mostrando cómo el deseo se intensifica precisamente porque debe permanecer oculto. Por lo que La edad de la inocencia indaga esa atracción sin romantizarla del todo, insistiendo en su dimensión política y social.
El arte del control y la eduación

El reparto secundario de La edad de la inocencia brilla por su capacidad para brindar a la historia múltiples puntos de vista. Winona Ryder logra que May sea algo más que una prometida infeliz y después, esposa en pleno desamor. Julius Beaufort (Stuart Wilson) encarna la hipocresía tolerada, mientras Larry Lefferts (Richard E. Grant) funciona como cronista informal del escándalo. La narración de Joanne Woodward añade una capa irónica que subraya la distancia entre lo que se dice y lo que realmente ocurre. Finalmente, Miriam Margolyes, como la formidable señora Mingott, brinda una energía casi literaria que recuerda a la tradición decimonónica, aportando humor y autoridad a partes iguales.
Como toda obra de Scorsese, la película es un despliegue de virtuosismo visual. El diseño de producción de Dante Ferretti, el vestuario de Gabriella Pescucci, la fotografía de Michael Ballhaus y el montaje de Thelma Schoonmaker trabajan en conjunto para crear una experiencia sensorial precisa. Cada textura, cada color y cada transición refuerzan la idea de un lujo que funciona como barrera emocional. La edad de la inocencia se sostiene como una obra refinada que examina el costo de pertenecer. Scorsese convierte la corrección social en una tragedia íntima y demuestra que, a veces, la mayor violencia es la que se ejerce con modales perfectos.

