El Cautivo de Alejandro Amenábar causó sensación y polémica desde su estreno. Eso, debido a que recuperó la figura de Miguel de Cervantes y la despojó de todo su aire de mito aventurero para darle una dimensión más humana. Algo que incluyó indagar en la hipótesis acerca de que el mítico escritor tuvo una relación entre lo platónico y lo físico con su captor, Hassan Bajá, durante su cautiverio en Argel. Un giro histórico que podría interpretarse desde un interés sexual, aunque otros expertos lo atribuyen a su alto valor como rehén (500 ducados).
Cualquiera que sea el caso, el director, que también escribe el guion, parte de una idea seductora. Observar a Miguel de Cervantes (Julio Peña Hernández) desde un ángulo lateral, no como genio consagrado, sino como hombre joven, vulnerable y en tránsito. Ambientada en Argel durante el siglo XVI, la historia sigue al escritor en formación dentro de un contexto violento y ambiguo, donde la frontera entre vida y muerte se negocia a diario. Miguel llega herido, marcado por una batalla naval que inutilizó su brazo izquierdo, y cae en manos de corsarios mientras regresa a España. Desde el inicio, el guion deja claro que este episodio histórico tiene más zonas grises que certezas, y es ahí donde Amenábar decide moverse con libertad creativa.
El relato no persigue una reconstrucción académica, sino una exploración emocional acerca de una figura de Miguel de Cervantes convertida en símbolo. Por lo que el cautiverio que sufre el escritor se reinventa para resistir. Sin recursos materiales ni linaje influyente, exagera su importancia social para ganar tiempo. Para eso, Alejandro Amenábar opta por una estructura fragmentada, casi episódica, que recuerda más a una miniserie condensada que a una epopeya cinematográfica. Por lo que la vida de este Miguel, que tiene poco o nada que ver con una legendaria figura histórica, se convierte en un mosaico de pequeñas historias.
Poder, deseo y relatos compartidos en ‘El Cautivo’

Pero el punto más interesante de El Cautivo llega cuando se concentra en Hassan Baja (Alessandro Borghi), regente de Argel y figura clave en la vida del cautivo. Hassan, también conocido como Hassan Veneziano, es un europeo convertido en autoridad musulmana, políglota y estratega. Su interés por Miguel nace de la curiosidad intelectual y deriva hacia una relación compleja donde el poder, la admiración y el deseo se entrelazan. Borghi construye un personaje magnético, capaz de inspirar amenaza y cercanía en el mismo gesto. Por lo que la atracción entre ambos personajes pronto se hace inevitable.
Todo debido a que Miguel descubre pronto que su talento para narrar puede convertirse en moneda de cambio. Relata hazañas propias, exageradas o directamente inventadas, y adapta historias ajenas para entretener a otros prisioneros.
Esa habilidad llama la atención de Hassan, quien escucha desde la distancia y se convierte en un espectador exigente. Cuando queda satisfecho, concede pequeñas libertades; cuando se aburre, el castigo es inmediato. Esta dinámica convierte la narración oral en una herramienta de supervivencia y en un juego de seducción intelectual.

La intimidad entre ambos crece de forma gradual y termina adquiriendo una dimensión física. La película aborda esta relación con un tono sobrio, sin subrayados melodramáticos, aunque con una estética que erotiza los cuerpos masculinos en espacios como el hammam o baño árabe. Por lo que el director enfatiza que el deseo circula entre hombres y se presenta como parte del tejido cotidiano del poder. No se trata de provocar, sino de reconfigurar imaginarios.
Sin embargo, esta apuesta también introduce una sensibilidad claramente contemporánea. La forma en que se representa la fluidez afectiva y sexual parece dialogar más con debates actuales que con registros históricos comprobables. La película asume ese riesgo sin explicitarlo, lo que genera una tensión interesante, aunque no siempre resuelta con claridad dentro del relato. Con todo, El Cautivo es una combinación entre la reinvención del mito y una reflexión acerca del peso de la historia para moldear a personajes a su conveniencia.
Los otros cautivos y el conflicto interno

El microcosmos del cautiverio se completa con una galería de personajes secundarios que reflejan distintas respuestas ante la opresión. Entre ellos destaca el fraile Blanco (Fernando Tejero), resentido y calculador, cuya envidia hacia Miguel se traduce en intrigas constantes. Su hostilidad indaga en el aislamiento del protagonista dentro de la comunidad cristiana cautiva y la capacidad de ese giro, para indagar en la personalidad de Miguel.
En el extremo opuesto se encuentra el padre Antonio (Miguel Rellán), un erudito dueño de una biblioteca clandestina que se convierte en refugio intelectual. Desde esos libros, Miguel toma prestadas ideas y estructuras, reforzando la noción de que su creatividad nace del reciclaje y la escucha.
La mayoría de los prisioneros rechaza renunciar formalmente al cristianismo, aun cuando esa conversión podría significar la libertad. Esa negativa colectiva funciona como telón de fondo para el dilema personal de Miguel. Paso a paso, el personaje se encuentra dividido entre la lealtad a sus orígenes y la atracción por una vida posible junto a Hassan. Mientras trama planes de escape, también disfruta de breves incursiones por la ciudad, descubriendo una sociedad más compleja de lo que imaginaba. La película retrata Argel como un espacio contradictorio, capaz de crueldad extrema y de cierta tolerancia práctica.
Una atípica historia con estética y música propia para ‘El Cautivo’

Visualmente, El Cautivo es una producción cuidada y atractiva. El diseño de producción recrea con detalle vestuarios, arquitectura y texturas, construyendo un mundo coherente y envolvente. Cada escena parece pensada como un cuadro autónomo, lo que refuerza la sensación de fragmentos de una historia mayor.
Por supuesto, con respecto a la fidelidad histórica, El Cautivo se mueve en el terreno de la especulación. Las conjeturas sobre la vida íntima de Cervantes han sido objeto de debate académico, y aquí se utilizan como punto de partida para una ficción libre.
De modo que la apuesta resulta legítima, aunque su integración con el resto del relato es irregular. Las historias que Miguel cuenta nunca alcanzan el vuelo simbólico necesario para dialogar plenamente con la trama principal, perdiendo una oportunidad de mayor resonancia metaficcional. Al final, El Cautivo se percibe como un proyecto hecho con convicción y cariño, un homenaje atípico para una figura universal.

