Caza de brujas (2025) de Luca Guadagnino causó revuelo, polémica y discusión a su paso por festivales y cines mundiales. Todo debido al hecho de que la cinta toca un tema sensible en la actualidad: la llamada cultura de la cancelación. Lo hace además en una época en la que los ecos del fenómeno #MeToo son analizados desde varios puntos de vista y, en la mayoría de los casos, desde sus excesos. Una perspectiva que la cinta explora a través de un caso controversial con dos versiones contradictorias acerca de lo que realmente ocurrió detrás de una denuncia.
De modo que el guion de Nora Garret toma la decisión de ser intencionadamente ambiguo para narrar su historia. Ambientada en los pasillos universitarios de Yale, la trama sigue a Alma (Julia Roberts), una profesora de filosofía con un estricto sentido de la justicia. Por lo que cuando su amigo y compañero Hank (Andrew Garfield), carismático y peligroso, sea acusado por la estudiante Maggie Resnick (Ayo Edebiri), de conducta inapropiada, se encontrará en un conflicto. A un lado, descubrir qué es realmente lo que ha ocurrido, a pesar de su natural solidaridad con Hank. Al otro, atenerse a la idea de que una acusación verbal no es suficiente para destruir la carrera del acusado.
La premisa, por sí sola, es escandalosa y parece contradecir años de discusiones acerca del peso de la palabra de la víctima en un conflicto semejante. Pero la película, además, añade la idea de que cualquier señalamiento debe favorecer a la neutralidad. Por lo que Caza de brujas pasa buena parte de su tiempo intentando convencer al espectador que Hank no es tan culpable como parece. Ni que tampoco, Maggie es tan inocente como insiste. Entre ambas cosas, Alma debe tomar una posición. O en el peor de los casos, tomar partido por algunas de las partes, destruyendo la vida de la otra en el proceso.

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Un debate sin sustancia

Claro está, el punto más duro y criticable de Caza de brujas es insinuar que nuestra época se ha tomado demasiado en serio el hecho de escuchar cualquier acusación. Mucho más, el de indagar qué ocurre cuando la denuncia choca con la reputación de acusado y víctima. En la cinta, Hank es un profesor querido, con algunos comportamientos inapropiados o al menos ambiguos. Maggie es una estudiante aventajada, racializada, queer y acaudalada. Que, además, tiene una sensibilidad en esencia contemporánea acerca de las relaciones de poder.
De modo que, de forma muy maniquea, la cinta plantea de inmediato que tanto el uno como el otro, pudieran interpretar el incidente en disputa — que no se muestra — de manera distinta. El primer tramo de Caza de brujas, de hecho, dedica tiempo e interés a esa idea. Hank es magnético, masculino, atractivo y con una autoconfianza que en ocasiones parece irritante. Maggie admira profundamente a Alma y siente una conexión profunda con un nuevo tipo de mujeres fuertes y con poder.

A partir de ese planteamiento, la trama profundiza en la posibilidad de que la acusación es un arma que Maggie sabe cómo utilizar para sus propios fines. En especial, luego de que Hank le acusa de plagio de un trabajo escolar. Por lo que Caza de brujas no tarda en insinuar que, a pesar de que Hank es una persona complicada, Maggie utiliza eso en su contra. Pero este conflicto, que en la práctica debería apretar, lucir heridas y mostrar ambivalencias, se diluye en un guion que alterna sermón y ambigüedad calculada.
Personajes con poco desarrollo en ‘Caza de brujas’

Uno de los puntos que también provocó el debate alrededor de la película es la óptica trivial con que explora en sus personajes. Maggie desaparece de las aulas, reaparece rota: la trama pretende que su silencio y su regreso enciendan el juicio público. Pero la puesta en escena opta por el suspense sensacionalista en lugar de la confrontación íntima. En especial, porque la historia no logra explorar en sus personajes lo suficiente como para que sean algo más que piezas que mover en el argumento.
Hank, por otro lado, es la encarnación de un tipo de masculinidad creada especialmente para abrir el debate. Lleno de energía, coqueteando platónicamente con alumnas y otra serie de comportamientos cuestionables, pareciera ser el culpable ideal. Solo que la trama hace intentos tan obvios de que lo sean, que resulta machacones y tediosos.

Alma, a la que la película confiere el estatus de juez ecuánime y la única capaz de hacer preguntas incómodas, no hace más que eso. Sabemos poco de cómo llegó a ser una figura considerada encarnación de la ecuanimidad. O en cualquier caso, el motivo por el cual es una figura de autoridad moral. En lugar de eso, el guion brinda detalles aleatorios sobre su vida. La muestra en su matrimonio, con una dolencia que funciona como tic narrativo; sus episodios de náusea y dolor deberían ser la señal de una fragilidad que haga temblar las certezas de los demás. Pero la película los usa más como truco estético que como detonante humano. Sin mayor trascendencia o valor.
Sin nada que agregar a un debate mayor

Así que a pesar de sus buenas intenciones y ambición, Caza de brujas se queda corta en su ejecución. En sus partes más importantes, cada escena parece debatirse entre ser sátira involuntaria o melodrama académico. La dirección de Luca Guadagnino busca impacto a través de la acumulación. Más silencio, más manos temblorosas, más planos dramáticos, más música que subraya cada palabra como si el espectador necesitara recordatorios constantes de que aquí todo es trascendental.
Pero lo que se siente es lo contrario: la película no confía en su propio argumento y por eso lo amplifica hasta deformarlo. Cuando los conflictos finalmente llegan a su punto crítico, es evidente que el argumento aspira a confrontar al público con un dilema moral incómodo.
Quiere que la duda se convierta en sala de juicio, que las lealtades se pongan a prueba y que el espectador se vea obligado a tomar posición. Sin embargo, no lo logra. Antes que eso, termina por ser una historia manipuladora, que explora en temas complejos sin la profundidad suficiente. Algo que la convirtió en centro de debates durante el 2025.
