El asesino con ojos de corazón, ya disponible en Movistar+, es la película de terror que deberías ver si odias, lo cursi, sensiblero y empalagoso. Y la película lo deja claro de inmediato. Eso, al seguir a un asesino obsesionado con corazones que decide convertir el Día de los enamorados en una masacre temática. Desde ese giro, la dirección de Josh Ruben relata una premisa retorcida: convertir los rituales románticos en un menú de atrocidades. Hacerlo, además, de la manera más explícita y gamberra posible.
Por lo que no faltan vísceras derramadas, decapitaciones y mutilaciones varias. Pero además, la película convierte a su mezcla entre romance y slasher en una crítica directa a la hipocresía sobre el amor. Por lo que se siente como un experimento caótico, si no como un choque natural entre dos mundos que ya eran raros por sí solos. Mejor aún, como la venganza de todos los amantes del terror sobre el melodrama. Un punto que la cinta disfruta mostrar y con el que juega cada vez que puede.
En medio de ese escenario, se encuentra Ally (Olivia Holt), una ejecutiva de marketing que vive obsesionada con su ex y con la posibilidad de que su jefa Crystal (Michaela Watkins) la despida. Su mejor amiga Monica (Gigi Zumbado) actúa como su soporte emocional, aunque con una energía tan intensa que parece sobrevivir a base de café y sarcasmo. La presión sobre Ally crece cuando el anuncio que creó —una fantasía cursi sobre parejas trágicas— coincide con el regreso del llamado Asesino de los ojos de corazón. Mucho más, cuando este dedica su entusiasmo criminal a eliminar de maneras creativas a tortolitos enamorados. Una de las tantas metáforas crueles que la película usa con retorcido sentido del humor.

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De la ironía a una colección de muertes violentas

Para sorpresa de nadie, la empresa rechaza la campaña y le da una última oportunidad. La de crear una nueva propuesta en compañía de Jay (Mason Gooding) otro experto de la compañía. Para entrar en labor, ambos deciden cenar juntos para lograr una lluvia de ideas. Pero hay química entre ambos y la velada, comienza a tener apariencia de cita a ciegas. Que, claro está, es lo peor que puede pasar con un asesino al acecho que odia cualquier comportamiento romántico.
De hecho, el criminal los ha identificado como una pareja digna de ser corregida a fuerza de puñaladas. Y como bonus: los ha visto besarse. Mal timing. A partir de aquí, El asesino con ojos de corazón deja caer cada elemento cómico con una sombra detrás: los detectives Jeanine Shaw (Jordana Brewster) y Zeke Hobbs (Devon Sawa) persiguen pistas torpes mientras la amenaza se acerca más y más. Todo es excesivo, pero funciona, en especial porque la película utiliza la ironía para hacer cada vez más cruel su mensaje al subtexto. A saber: el amor solo trae desgracias.

En especial, cuando el guion subraya cuánto se parecen las escenas románticas a las de terror: alguien aparece detrás, alguien corre hacia la otra persona, alguien espera que lo alcancen. Ruben utiliza ese paralelismo para empujar la comedia hacia terrenos más incómodos y generar risas nerviosas. Los momentos más eficaces surgen cuando Ally descubre al asesino escondido en su armario o cuando los protagonistas encuentran refugio en la furgoneta de una pareja demasiado entusiasta.
Incluso los clichés de las comedias románticas — el cambio de look, la discusión de me mentiste, la carrera final — se mezclan en el relato como trampas, como si el género mismo estuviera siendo perseguido por un cuchillo. Lo mejor es que la película se burla del romance sin negarlo del todo, como quien se ríe de un ex, pero todavía siente algo por él.
Nada se toma en serio en ‘El asesino con ojos de corazón’

Para su segundo tramo, la película encuentra el perfecto equilibrio entre la comedia burlona y un horror de miembros amputados por doquier. Las persecuciones se vuelven más delirantes conforme la dupla es arrinconada en distintos espacios pensados, en teoría, para citas perfectas. De un jardín botánico que parece diseñado por un influencer obsesionado con filtros pastel; una bodega que se ilumina como si el vino pudiera salvar vidas; un carrusel que gira mientras la tensión se acumula. Pasando claro por un autocine donde se proyecta una comedia romántica.
El director de fotografía Stephen Murphy consigue que cada escenario se vea armonioso y terrorífico a la vez, usando luces suaves y atmósferas cargadas que recuerdan, sin copiar, el espíritu de los slashers de finales de los noventa.
Las muertes están filmadas con un sentido del espectáculo bastante juguetón. La sangre digital, por momentos exagerada, salpica la cámara como un guiño consciente al público. De hecho, todo el escenario de El asesino con ojos de corazón, se mueve con confianza entre estallidos de violencia y chistes autoconscientes, abrazando la ridiculez sin perder ritmo.

Lo más interesante es que no busca sorprendernos con giros imposibles, sino con la manera en que combina elementos conocidos para crear algo que se siente fresco, sin dejar de saberse parte del linaje absurdo del slasher. Para cuando llegan los créditos y, sobre todo, la coda de mitad de créditos, ya estamos convencidos de que este pequeño delirio romántico sangriento tiene más encanto del que debería. Es dulce, es sádico y cruel. Todo a la vez. Y aun así logra que nos preocupemos por sus protagonistas. Un logro que convierte la película en un triunfo. Uno teñido de rojo, claro.

