Rehén, la nueva miniserie de Netflix, sigue la estela de La diplomática al mezclar thriller político y drama en un mismo escenario. Y lo hace bien. Creada y dirigida por Matt Charman, nominado al Óscar como guionista de El puente de los espías, la producción explora en los juegos de poder contemporáneos. Para eso, la historia se enfoca en un secuestro que conecta lo íntimo con lo político y que marca el tono de toda la temporada. Abigail Dalton (Suranne Jones), acaba de ser elegida primera ministra británica cuando un ataque inesperado trastoca su vida familiar.
Su marido, un médico cooperante en Médicos Sin Fronteras, desaparece en circunstancias violentas en la Guayana Francesa. Todo, a manos de un grupo enmascarado cuyas motivaciones se mantienen opacas. Ese primer golpe establece el dilema principal. Una líder política que debe mantener la calma y dar la apariencia de control mientras su vida personal se desmorona a ojos del mundo. De modo que el giro inicial no solo engancha por la tensión del secuestro. También porque lo muestra en el contexto de un tablero internacional, donde los intereses diplomáticos se entrelazan con una situación de rehenes cargada de simbolismo.
En paralelo, el argumento también sigue a todo lo que ocurre alrededor de la presidenta de Francia, Vivienne Toussaint (Julie Delpy). Su personaje aparece en medio de una campaña para asegurar la reelección, lo que añade un matiz de urgencia a cada una de sus decisiones. Su llegada a Londres busca forjar un acuerdo con Dalton. Lo que incluye intercambiar recursos médicos que el Reino Unido necesita desesperadamente para su sistema sanitario. Eso, a cambio de que Gran Bretaña reciba a migrantes que permanecen bloqueados en Calais.
Una buena historia en un escenario complejo en ‘Rehén’

Por supuesto, se trata de un pacto incómodo, pero factible. El problema es que la negociación se derrumba cuando el secuestro se convierte en noticia global. Algo que pone bajo presión tanto a Dalton como a Toussaint. A esta última se le suma un frente aún más corrosivo: un escándalo personal con potencial de dinamitar su imagen pública. La serie no tarda en vincular los problemas íntimos de sus protagonistas con la fragilidad de la política internacional. Eso, mostrando cómo las amenazas privadas se filtran en la arena pública. Lo interesante es que no se trata solo de un juego de intereses diplomáticos. A la vez, abarca la idea de cómo el poder, al final, es profundamente vulnerable.
Matt Charman demuestra su habilidad para mezclar tensiones internacionales y globales, con las que ocurren en el ámbito doméstico de sus personajes. Pero mucho más, que es capaz de evitar que Rehén sea solo una sucesión de eventos complejos sin mayor profundidad. De modo que aunque el relato avanza con velocidad, la trama se toma el tiempo de profundizar en cada una de sus figuras. A lo largo de los episodios aparecen rumores de golpes dentro del gabinete, oleadas de indignación en redes sociales, chantajes mediáticos y decisiones que obligan a los líderes a escoger entre la ética y la conveniencia.
Un conflicto en escalada

Esa lenta acumulación de tensión puede parecer excesiva, pero es lo que da a la serie su identidad. Un thriller que funciona tanto en la intriga política como en la acción directa. Aunque en algunos tramos ciertos temas quedan apenas esbozados o se resuelven con menos desarrollo del deseado, la energía narrativa nunca decae. Charman evita que el espectador se acomode; cada vez que parece que la trama se estabilizará, surge un nuevo obstáculo que cambia el rumbo. El resultado es un relato diseñado para consumir de manera compulsiva, con la clara intención de mantener siempre el interés encendido.
Uno de los aspectos de Rehén, es su capacidad para ser relevante con hechos actuales y reflexiones sobre el clima político contemporáneo. La producción no se limita a crear una conspiración ficticia, sino que inserta elementos reconocibles en el panorama europeo actual. El conflicto migratorio, la crisis del sistema sanitario británico, la polarización política y el desgaste de los partidos tradicionales se convierten en material dramático. Eso genera la sensación de estar viendo una ficción que a ratos podría confundirse con la crónica diaria.

Es precisamente en ese territorio donde la serie resulta más inquietante: su capacidad de reflejar ansiedades colectivas y debates contemporáneos con un barniz de espectáculo. Todo, al combinar las tensiones geopolíticas con los dramas personales de sus protagonistas. Lo que le permite construir un espejo incómodo de la realidad, donde lo privado y lo público colisionan sin tregua. Esa mezcla le da un atractivo adicional a la trama. No se trata solo de entretenimiento o, al menos, intenta no serlo. También es una forma de poner en escena problemas reales que dominan la conversación política actual.
Un gran elenco para personajes en medio de un conflicto internacional

El reparto contribuye de manera decisiva a que Rehén sea capaz de abarcar tantos temas, sin perderse en su premisa o en la confusión de tópicos. Suranne Jones entrega una interpretación intensa de Dalton, una líder que busca proyectar firmeza absoluta, aunque esa misma rectitud pueda rozar lo inverosímil. Su personaje transmite convicción, pero también cierta rigidez que a veces amenaza con romper el realismo.
Delpy, en contraste, indaga en Toussaint como una figura más ambigua, capaz de mostrarse elegante en público y fría en privado, lo que aporta complejidad a su rol. Esa tensión entre las dos protagonistas articula gran parte de la narrativa: idealismo contra pragmatismo, ética frente a estrategia. No son simples caricaturas de poder, sino personajes que contienen contradicciones reconocibles.
Una historia estupenda para ver de maratón

El resto del elenco sirve de apoyo sólido, desde Ashley Thomas como el esposo secuestrado, hasta Lucian Msamati como el jefe de gabinete de Dalton, un hombre que carga con el peso de mantener la maquinaria gubernamental en marcha. Por otro lado, Corey Mylchreest en el rol del hijastro de Toussaint, añade un ángulo íntimo a los conflictos de la presidenta.
Rehén, no es solo una serie ágil y emocionante. También propone un retrato de la política europea contemporánea disfrazado de thriller. En ese sentido, recuerda a títulos como Bodyguard, con un toque de House of Cards y ecos de Borgen, pero encuentra su propia voz al centrar la historia en dos mujeres de poder que chocan y se necesitan al mismo tiempo. Verlas enfrentarse es el mayor atractivo de la serie y el principal motivo por el que merece la pena seguirla hasta el final. Lo mejor de la nueva miniserie de Netflix.