De qué va realmente ‘El agente secreto’, la película sorpresa de los Globos de Oro

De qué va realmente ‘El agente secreto’, la película sorpresa de los Globos de Oro

El triunfo por partida doble de El agente secreto se convirtió en la gran sorpresa de la ceremonia de los Globos de Oro 2026. Eso, gracias a que la película brasileña dirigida por Kleber Mendonça Filho se impuso sobre favoritas como Valor Sentimental y Sirat. Ambas fuertes candidatas en el rubro de mejor película de habla no inglesa. Al otro lado, el triunfo de Walter Moura como mejor de reparto dramático desafió cualquier predicción y dejó claro que el fenómeno sudamericano bien podía ser la sorpresa de la temporada. 

Ambientada en el Brasil de 1977, la película es parte del nuevo cine de Brasil, obsesionado con la memoria histórica del país. En especial, el infame período de la dictadura militar que se extendió por casi 20 años. Por lo que El agente secreto toma ese clima autoritario y claustrofóbico para narrar una historia de supervivencia. Para eso, Kleber Mendonça Filho utiliza imágenes dispersas —dibujos animados antiguos, comentarios al pasar, restos encontrados donde no deberían— para profundizar en una inquietud constante. 

Eso, mientras utiliza la ciudad de Recife como una pieza en el enorme rompecabezas represivo que soportó Brasil a finales de una década convulsa. Todo, a pesar de que la población se muestra como una ciudad aparentemente cotidiana. No obstante, toda su atmósfera está atravesada por una violencia latente que nunca duerme. Esa sensación siniestra, que acompaña al espectador incluso en escenas triviales, nace de una dictadura militar que lo controla todo sin necesidad de exhibirse. Mendonça Filho entiende que el verdadero suspenso político se muestra mejor desde una calma tensa. En ese sentido, la trama dialoga con el cine paranoico de los setenta, donde la amenaza era estructural y no dependía de persecuciones constantes. Algo que brinda a la película su especial personalidad. 

Llegadas incómodas y señales de alerta

Para eso, el guion sigue a Marcelo Alves (Moura) a Recife, un regreso que desde el inicio se percibe complicado. En una parada rutinaria, Marcelo se topa con un cadáver abandonado bajo el sol, tratado con una indiferencia burocrática que resulta más perturbadora que el hallazgo en sí. La policía aparece, mira, se distrae, pide cigarrillos y sigue su camino. El mensaje es claro: la muerte se ha normalizado. Pero el director evita que El agente secreto caiga en lo sórdido o morboso. Por lo que incluso sus escenas más explícitas tienen un marcado aire surreal. 

Sin que sepamos muy bien su historia, Marcelo se instala en una casa que es un refugio improvisado para personas que esperan huir del país. La administra Dona Sebastiana (Tânia Maria), una figura excéntrica que aporta un humor seco, casi absurdo, a un entorno cargado de tensión. Mientras tanto, el pasado de Marcelo se revela a cuentagotas. Su hijo vive con el abuelo, el encargado de un viejo cine que conecta la historia personal con la memoria cultural de la ciudad. 

De hecho, la película tiene un enorme interés en mostrar que el miedo y la opresión son solo la parte más oscura de una época central para comprender al Brasil contemporáneo. Un punto que se extiende a Marcelo, que comienza a trabajar en un archivo, buscando rastros de su madre fallecida. En medio de su búsqueda desesperada, traba amistad con el jefe Euclides (Robério Diógenes), un policía corrupto que aprovecha el caos del Carnaval para borrar personas del mapa. 

La película reorganiza la información de forma estratégica: primero muestra consecuencias, luego sugiere causas. Así, el espectador entiende antes el clima político, social y cultural que vive Marcelo que las razones para su comportamiento. Mendonça Filho construye al personaje como un hombre contenido, siempre midiendo sus palabras, consciente de que cualquier gesto puede tener consecuencias. Esa prudencia no lo salva; solo prolonga la espera. Por lo que El agente secreto deja claro que la amenaza no es puntual, sino sistémica, y que sobrevivir implica aprender a moverse entre grietas.

El tiempo como archivo en ‘El agente secreto’

Uno de los puntos más interesantes de El agente secreto es la forma en que cuenta su historia. El guion —que el director también escribe— se enfoca en una serie de fragmentos de información que une de manera ingeniosa. Por lo que, antes de contar una historia lineal, explora en tres segmentos que reorganizan la percepción del tiempo de manera paciente y deliberada. El director opta por una narración que se explica mientras avanza, sin prisa y sin subrayados. 

Por lo que el argumento pronto se revela más amplio de lo esperado: lo que parecía una huida puntual se transforma en una historia que se extiende durante décadas. Conversaciones grabadas, documentos conservados y recuerdos desplazados construyen un juego temporal donde el pasado nunca queda atrás. Marcelo Alves se hace entonces, una figura atrapada entre lo que fue y lo que otros dicen que fue. Su identidad se vuelve un rompecabezas armado por terceros. 

Así que la película utiliza ese desfasaje temporal para generar suspenso sin recurrir a giros bruscos. Cada salto hacia delante o hacia atrás en el tiempo, añade capas de sentido, recontextualizando escenas previas y cargándolas de una nueva gravedad. Mendonça Filho confía en la inteligencia del espectador y, a pesar del aire de lo experimental de su ritmo, la película no es confusa. No hay escenas que parezcan de relleno; todo cumple una función dentro de este archivo narrativo en expansión. El tiempo, aquí, funciona como una herramienta política: recordar se convierte en un acto peligroso, y registrar el pasado implica desafiar a un sistema que prefiere el olvido ordenado.

Un pasado que insiste en parecer presente

En su tramo final, El agente secreto cambia el foco y convierte la historia individual de Marcelo en una metáfora de alcance colectivo. Sin discursos grandilocuentes ni cierres enfáticos, Kleber Mendonça Filho deja que la resonancia política emerja como un mensaje entre escenas surrealistas y conversaciones en apariencia casuales. Un logro que evita que la cinta sea un panfleto ideológico o político, si no el testimonio de una época cruel contado a través de una perspectiva artística. 

Por lo que El agente secreto, es, en muchas formas, el completo del éxito de 2025 Aún estoy aquí. Tanto la una como la otra, indagan en la memoria histórica, pero también, en la forma de la voluntad de hombres y mujeres bajo el peso del miedo. Un homenaje sincero a un país —y sus recuerdos— que hace de la película una de las más interesantes del año y una posible sorpresa para el Oscar 2026. 


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