De qué va ‘Los asesinatos de la tienda de yogur’, el nuevo y traumático ‘true crime’ de HBO Max

De qué va ‘Los asesinatos de la tienda de yogur’, el nuevo y traumático ‘true crime’ de HBO Max

Los asesinatos de la tienda de yogur de Margaret Brown, el nuevo true crime de cuatro entregas disponible en HBO Max, se adentra en un episodio criminal que marcó a Texas para siempre. En 1991, un cuádruple asesinato en Austin alteró la imagen que la ciudad tenía de sí misma. Se trató del asesinato de cuatro adolescentes  en una tienda de yogurt, que sorprendió por su violencia. Las víctimas, dos trabajadores del local y dos de sus amigas, además de ser abusadas sexualmente, recibieron un disparo en la nuca. Después, el local en que se encontraban se incendió, borrando pruebas clave. 

Margaret Brown no presenta el caso como un simple rompecabezas policial, sino como un punto de inflexión para la comunidad. Desde el inicio, la producción propone que el espectador no solo conozca los hechos, sino que entienda el impacto emocional que ha dejado en las personas involucradas. El planteamiento es directo: no hay reconstrucciones sensacionalistas ni banda sonora manipuladora, sino un uso constante de material de archivo y entrevistas actuales que invitan a observar, escuchar y procesar. 

Por lo que se trata de una investigación pensada más para la reflexión que para la intriga inmediata. Eso, aunque el peso del misterio — el caso sigue sin resolverse — está presente en todo momento. Algo que permite que la directora tome algunas decisiones fundamentales, que aleja a Los asesinatos de la tienda de yogur de la fórmula habitual del true crime. Por Eso, a pesar de que el crimen tuvo una naturaleza brutal y por supuesto, los detalles son escalofriantes. Además de ser atadas, amordazadas y ejecutadas, todo parece indicar que al menos una de las víctimas estaba viva para el momento del incendio.

Una mirada respetuosa a un caso complicado

Sin embargo, lo que más interesa a la directora es el antes y el después, el contraste entre una rutina anodina y una violencia inexplicable. Austin, en 1991, no tenía la reputación de una ciudad peligrosa; este caso rompió esa percepción. Los asesinatos de la tienda de yogur rescata testimonios de la época, como el de un joven que resume la incredulidad colectiva diciendo: “Eso no pasa en una tienda de yogur”. Ese choque entre la normalidad y lo atroz es uno de los ejes del relato. El tono sobrio, incluso frío por momentos, evita que se muestre la tragedia como espectáculo. Por lo que el morbo no es la moneda de cambio, sino la memoria.

Uno de los puntos más inquietantes que la serie aborda es el desastre en la investigación policial. La figura del ex detective Héctor Polanco, en su momento considerado un interrogador excepcional, aparece como un símbolo de cómo un caso puede torcerse desde adentro. Finalmente, Polanco resultó despedido semanas después de asumir la investigación, acusado de obtener confesiones falsas. Con el tiempo, otros sospechosos pasaron por el mismo patrón: declaraciones que parecían incriminatorias y que luego se demostraron inválidas. 

A finales de los noventa, dos hombres fueron condenados. Pero años después las sentencias fueron anuladas por irregularidades legales y por la aparición de pruebas de ADN que apuntaban a una persona nunca identificada. Brown no explota el enredo judicial como un thriller, sino que lo integra como otro elemento del daño irreparable que el caso dejó. La confusión y la desconfianza en las instituciones se convierten en parte del trauma colectivo.

El terror y el dolor que marcó a una ciudad

Los asesinatos de la tienda de yogur sostiene su argumento sobre dos puntos de vista en paralelo. Por un lado, las imágenes granuladas de 1991 muestran a una comunidad abatida, aún incrédula. Por otro, entrevistas más recientes exponen cómo el dolor se transforma, pero no desaparece. 

Brown también incorpora fragmentos de entrevistas filmadas años antes por la cineasta Claire Huie, que capturan reacciones crudas, como la de la madre de dos de las víctimas, relatando con serenidad tensa el momento en que supo lo ocurrido. Es un plano fijo, largo y sin adornos, que obliga al espectador a permanecer en el mismo espacio emocional que ella. Este tipo de decisiones visuales refuerzan el enfoque: no es una historia de detectives, sino un retrato humano de resistencia y pérdida.

La serie también plantea una pregunta poco habitual en este género: ¿qué le sucede a una comunidad cuando un crimen así queda sin resolver durante más de tres décadas? Margaret Brown entrevista no solo a familiares, sino a vecinos, periodistas y exagentes. El objetivo es mostrar que la huella del caso no está limitada a las familias afectadas.

El respeto por la tragedia en ‘Los asesinatos de la tienda de yogur’

Debido a la crueldad de los crímenes, hubo un cambio en la forma en que la ciudad se relaciona con su propia identidad y seguridad. En ese sentido, el documental funciona como un espejo de cómo los eventos violentos reconfiguran la memoria colectiva. No busca dar un cierre al caso ni presentar teorías definitivas, sino mostrar que, en ocasiones, la ausencia de respuestas también define la historia.

Lo más interesante es la manera en que Margaret Brown rompe con el molde del true crime de consumo rápido. No hay una estructura de “episodio-giro-episodio-giro” pensada para el binge watching. De hecho, la propia directora advierte que Los asesinatos de la tienda de yogur no es una producción para maratonear. En especial, porque su edición deja largos espacios entre testimonios y evita resoluciones fáciles.

Una decisión que puede resultar frustrante para quienes esperan una narrativa de tensión constante, pero es precisamente lo que le da fuerza a la trama. El dolor no tiene cortes comerciales, no avanza con el ritmo de un guion de serie policial. El documental se instala en un terreno incómodo, y ahí reside su poder.

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