De qué va ‘La noche siempre llega’, lo nuevo de Vanessa Kirby (Los 4 Fantásticos)

De qué va ‘La noche siempre llega’, lo nuevo de Vanessa Kirby (Los 4 Fantásticos)

La noche siempre llega (2025) lo nuevo de Vanessa Kirby (Sue, en Los 4 Fantásticos: Primeros pasos) disponible en Netflix, es un drama pesimista. Sin embargo, no resulta melodramático. Desde el inicio, el relato está atravesado por la precariedad económica, sin espacio para la esperanza. La película sigue la historia de Lynette (Kirby), una mujer que vive con su madre y su hermano en un dúplex deteriorado en una zona marginada del noroeste del Pacífico. La situación es límite: tienen apenas un día antes de perder la casa. 

La dirección de Benjamin Caron se concentra en crear una atmósfera asfixiante. Una, en la que los espacios estrechos y la luz apagada transmiten el desgaste físico y emocional de sus protagonistas. El guion, basado en la novela de Willy Vlautin, opta por un enfoque directo, sin suavizar la crudeza de las circunstancias. No hay un solo plano que no recuerde la fragilidad del techo que tienen sobre la cabeza. 

Lo que en otras películas sería un trasfondo aquí es la fuerza motriz. La deuda, la amenaza del desalojo y la lucha contra un tiempo que corre demasiado rápido. El conflicto no es solo con el reloj, sino con un sistema que parece diseñado para que los personajes fracasen antes de siquiera empezar. Pero al contrario de otras películas parecidas, La noche siempre llega no utiliza su complicada historia para conmover. Al contrario, lo emplea para meditar sobre la pobreza en el primer mundo. Un tema del cual se habla poco y La noche siempre llega, explora a un nivel profundo y frontal. 

Un personaje brillante y bien construido

Lynette trabaja como camarera, pero sus ingresos apenas cubren lo básico. En paralelo, ejerce como trabajadora sexual para intentar cerrar la enorme brecha que la separa de la suma que necesita. La narrativa no idealiza ni sataniza esta faceta; la presenta como un recurso extremo, tan real como cualquier otro trabajo, aunque mucho más peligroso. 

Uno de los momentos más incómodos es el encuentro con un cliente adinerado ,  interpretado por Randall Park. Este se burla abiertamente de su situación antes de ofrecerle un pago simbólico, disfrazado de generosidad. La escena revela el abismo entre quien necesita y quien puede jugar con esa necesidad. 

El guion no lo convierte en un villano caricaturesco. Su crueldad está en la indiferencia, en el gesto casual con el que vuelve a su vida cómoda mientras Lynette sigue atrapada. Este tipo de interacciones, repetidas a lo largo de la película, muestran que la violencia no siempre es física: a veces está en la humillación, en las puertas que se cierran y en la certeza de que el otro nunca verá el mundo desde tu lado.

Al otro extremo, Vanessa Kirby ofrece un trabajo sólido que evita caer en el melodrama fácil. Su Lynette transmite una mezcla compleja de obstinación y vulnerabilidad. Hay determinación en su mirada, incluso cuando su cuerpo muestra el agotamiento acumulado. Es capaz de pasar de la calma a la violencia en segundos, lo que la hace creíble en las escenas donde enfrenta a agresores. Una de las virtudes del film es que no presenta a la protagonista como una heroína incorruptible. Lynette toma decisiones cuestionables, a veces impulsivas, y el guion no las justifica ni las castiga con moral simplista.

Un trasfondo profundo

La historia también explora las relaciones personales de Lynette, que oscilan entre la desconfianza y la necesidad desesperada de ayuda. Pide un préstamo a Gloria — interpretada por Julia Fox — , otra mujer que sobrevive en los márgenes. La conversación entre ambas funciona como un recordatorio de que, en un contexto así, la solidaridad es frágil. La ayuda viene con condiciones, sospechas y un cálculo frío sobre lo que se gana o se pierde. 

Más adelante, Lynette recurre a un contacto interpretado por Stephan James para localizar a un ladrón de cajas fuertes, lo que introduce un giro hacia un terreno más propio del cine criminal. Este cambio de registro no se siente forzado; por el contrario, amplía el mapa de la ciudad y sus redes de supervivencia, en las que la ilegalidad es tan común como el trabajo honesto. 

El guion integra también la aparición de un cargamento de cocaína robada, elemento que complica aún más la trama y coloca a Lynette frente a riesgos que superan lo económico. Cada nueva oportunidad para conseguir dinero implica un nuevo peligro, y La noche siempre llega se asegura de que el espectador sienta el peso de cada elección.

Un ritmo poco común

Con una rara combinación entre urgencia y reflexión, La noche siempre llega no se apresura, pero tampoco concede pausas reales para contar su historia. El tiempo en pantalla coincide con la presión temporal de la historia, y eso genera un tipo de ansiedad que se acumula escena tras escena. La tensión no depende únicamente de la inmediatez del desalojo, sino de la sensación de que cualquier paso en falso puede tener consecuencias irreversibles. 

El apartado visual refuerza esta idea: calles vacías, interiores claustrofóbicos, hoteles impersonales donde las transacciones humanas parecen siempre frías y mecánicas. Hay una intención clara de mostrar que, en este mundo, la belleza es escasa y fugaz, y que incluso los momentos de aparente calma están contaminados por la urgencia. El montaje contribuye a esta percepción, alternando secuencias más estáticas con estallidos de acción que interrumpen la rutina, recordándonos que el peligro no avisa antes de llegar.


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