3 razones para ver ‘Dangerous Animals’, la película de tiburones que está arrasando

3 razones para ver ‘Dangerous Animals’, la película de tiburones que está arrasando

Dangerous Animals, del director Sean Byrne, mezcla en la misma insólita historia, obsesión, sangre y tiburones digitales. Para eso, el argumento se centra en el malvado Tucker, un asesino serial interpretado por Jai Courtney, cuya fijación con los escualos se convierte en el motor de todo el relato. Desde la primera escena, la cinta deja claro que no busca competir con clásicos como Tiburón (1975) de Steven Spielberg, sino abrazar el espíritu excesivo de las producciones de videoclub que explotaban criaturas letales en tramas imposibles. Sí, al estilo de la inclasificable saga Sharknado, pero mucho más retorcida.

De hecho, la película es autoconsciente de su condición de serie B, con humor negro, muertes grotescas y personajes que parecen diseñados para alimentar el espectáculo. En especial, a sus hambrientos protagonistas. Dangerous Animals no pretende reinventar el subgénero de tiburones asesinos — un terreno ya saturado de propuestas fallidas o autoparódicas — , pero sí consigue recuperar algo de la diversión que solían tener esas cintas proyectadas en maratones de medianoche.

Más allá de eso, Dangerous Animals tiene un sentido del humor macabro y salvaje, que explota en los momentos más raros y disparatados. La combinación logra que la cinta, sin aspirar a ser un hito del cine de entretenimiento, tenga un raro equilibrio entre dos géneros. Por un lado, el de un horror salvaje, corporal y muy directo, de cabezas decapitadas y brazos masticados. Al otro, la tensión bien construida entre un asesino en serie retorcido y todo lo que hará para salirse con la suya. Algo que hace de la cinta una rareza en el cine de terror actual. 

Una premisa engañosa que termina por sorprender

Para eso, el guion se enfoca al principio en dos turistas jóvenes, interpretados por Ella Newton y Liam Greinke, en medio de una aventura que pronto se transforma en pesadilla. Lo que comienza como una experiencia excitante de buceo con tiburones termina siendo la trampa perfecta para que Tucker (Courtney) muestre su verdadera cara. El personaje se presenta como alguien carismático, con un toque excéntrico que oculta su naturaleza depredadora. 

En una de las secuencias más absurdas, pero memorables, narra cómo sobrevivió a un ataque en su infancia mientras canta con entusiasmo infantil. Esa contradicción entre horror y humor funciona como declaración de intenciones: Byrne quiere que la audiencia oscile entre la incomodidad y la risa. El guion no dedica demasiado tiempo a profundizar en las víctimas, y eso se nota, porque su función es simplemente alimentar la narrativa sangrienta. 

No obstante, en medio de esa estructura predecible aparece Zephyr (Hassie Harrison), una surfista aventurera, quien introduce energía distinta y rompe la monotonía del esquema de cazador y presas fáciles. Su secuestro a bordo del barco de Tucker abre el conflicto central y establece la dinámica de supervivencia que sostiene la segunda mitad de la cinta. La tensión proviene menos del peligro de los feos tiburones digitales que del juego psicológico entre captor y prisionera.

Un nuevo tipo de ‘Final girl’ para ‘Dangerous Animals’

Zephyr es, en muchos sentidos, la figura de la final girl moderna, pero con matices. No es solo la joven destinada a resistir al monstruo humano de turno, sino alguien con inteligencia y determinación suficientes para cuestionar los límites del guion. Harrison aporta frescura y un magnetismo que hacen que su personaje nunca se sienta accesorio. Cada vez que la cámara se concentra en ella, la película parece elevarse por encima de sus limitaciones. 

Eso a pesar de que su química con Moses (Josh Hueston), su esforzado novio es bastante poco creíble. La relación romántica entre ambos se construye de forma tan apresurada que termina siendo uno de los puntos débiles de la historia. Moses queda relegado al rol del chico en tierra firme que intenta rescatarla, un arquetipo que no añade demasiado y que interrumpe la tensión con secuencias que parecen añadidas por obligación.

 Sin embargo, la película no cae del todo gracias al contraste que se establece entre Zephyr y Tucker. Ambos personajes sostienen el relato porque entienden el tono exagerado y lo explotan sin pudor. La película puede carecer de profundidad psicológica, pero logra un equilibrio entre lo ridículo y lo tenso. En ese terreno ambiguo, donde lo grotesco se cruza con lo cómico, es donde Dangerous Animals encuentra su verdadera personalidad.

Un guion exagerado y divertidísimo

El guion de Nick Lepard recurre sin vergüenza a clichés habituales del terror: falsas muertes, diálogos absurdos, giros predecibles y un tercer acto que bordea lo inverosímil. Lejos de esconderlo, la cinta lo abraza y lo convierte en parte del espectáculo. La película juega con la expectativa del espectador, que sabe desde el inicio que no habrá sorpresas reveladoras ni explicaciones sofisticadas. Tucker no necesita un trasfondo elaborado para justificar su brutalidad; basta con mostrar su cicatriz de tiburón para entender de dónde viene su fijación. 

Esa economía de recursos para explorar en su villano, permite que Jay Courtney desarrolle en un personaje exagerado y brutal a sus anchas. Aquí no es un héroe de acción fallido ni un secundario olvidable: es un antagonista diseñado para robarse la película. Todo, en medio de secuencias de humor absurdo — o sin intención — que transforman a la película en una extraña combinación de temas y circunstancias. 

Este vaivén puede parece irritante, pero al mismo tiempo revela la intención del director: no se trata de una experiencia realista, sino de un carnaval grotesco donde todo vale. Esa mezcla, aunque irregular, le otorga una identidad propia dentro de un género saturado. Lo mejor que puede decirse de la gran película de tiburones de este verano.


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